Los malditos danzan llorando

”Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… Lo que es sagrado para él no es sino la ilusión, pero aquello que es profano es la verdad” – Guy Debord

En 1967 Guy Debord publicaba su célebre Sociedad del espectáculo, aquel ensayo en el que el autor afirmó, entre otras cosas, que ”todo lo que antes era vivido directamente, hoy en día se ha alejado en una representación”. Precisamente, en 1967, el famoso código de producción cinematográfica,  el código Hays; se esfumaba. Este código fue desde 1934 la biblia para la moral del cine hollywoodiense, ahí se indicaba qué era aceptable rodar y exhibir, y qué no.  Añadimos otra importante sincronía casual; dos años después, en 1969, se estrena el film de Sydney Pollack Danzad, danzad, malditos. El código Hays censuraba, según se abordara, una gran diversidad de temas: vulgaridad, ideología, alcohol, religión, blasfemias, infidelidad, vestuario, sexo y baile. Danzad, danzad, malditos se presentó en la gran pantalla como el  baile que recogía todo lo censurable hasta la fecha; supuso una fractura temática y un buen arañazo para la dream factory y el happy end. 

El baile, generalmente, nos remite directamente al festejo, a la alegría; es un juego con los que, desde tiempos remotos, el ser humano se ha relacionado y expresado. Danzad, danzad, malditos, por el contrario, se presentó como el baile más doloroso del cine hasta la fecha. Un concurso de baile inspirado en los que se organizaban en USA durante la década de los años treinta aprovechando la desesperación de la gente con menos recursos. Eran auténticos maratones de baile que duraban meses y que procuraban a los concursantes de comida y cama. Así comenzaba el film, gente de lo más variopinto movida por el deseo de ganar una gran cantidad de dinero a cambio de aguantar con su pareja día tras día moviendo los pies sobre la pista, pero, ¿era simplemente eso?.

Si hay una pista de baile, si hay un concurso; entonces hay un público. El ojo que observa desde la grada tiene que pagar por ver a los malditos bailar aguantar. Tiene por tanto, tiempo libre y poder adquisitivo. El ojo burgués se apiada de los concursantes,  les lanza monedas tras cada actuación para calmar su conciencia, ¡qué agradable  es el regocijo de sentirse afortunado! El espectáculo se presenta como la sociedad misma, dividida en clases y representado según el modelo de vida socialmente dominante. La realidad surge en  el espectáculo y el espectáculo es una realidad plagada de mentiras.

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El baile es mucho más divertido cuanto más sufre el maldito y si no ocurren desgracias;  ya se encargará alguien de provocarlas. Recordamos aquellas palabras de Rocky, el personaje que presentaba el gran maratón: ‘‘la gente necesita creer en algo. Si dejan de creer, dejan de venir”, y entonces se termina el dinero, alimentemos pues la ilusión del espectador; amañemos el cotarro. El personaje de Rocky se presenta en la película como aquella minoría perversa de la que hablaba Debord en su obra, esa minoría que domina el mundo a través de la desinformación y que los ingenuos -en este caso malditos- aceptan.

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Citábamos al comienzo del texto a Guy Debord por una conexión temporal que coincidía con el final del código Hays y el estreno de la película, si bien;  cualquiera que lea La sociedad del espectáculo no podrá dejar de ver  Danzad Danzad malditos como un claro ejemplo de su crítica voraz al sistema capitalista tal como la planteaba el autor en su libro. Como decía Debord, el ‘ser’ se degrada en el ‘tener’, precisamente lo que les ocurre a los personajes de la historia, quienes aceptan entrar en la rueda del sufrimiento a cambio de dinero. El espectáculo somete a las personas en la medida en que la economía los ha sometido, ese premio evidenciaba la dominación económica y a su vez dibujaba un crudo retrato social del poder de la época y su gestión de las condiciones de existencia.  Una parte del mundo baila y se representa ante el mundo, la otra parte mira, se representa y se cree superior ante el maldito. Es ese espectáculo el lenguaje común de la escisión social del que hablaba Debord y el que se habla en el film.

Danzad, danzad, malditos se nos antoja como crítica y metáfora de los mecanismos capitalistas. La mercancía es el espectáculo donde se exige que la participación de los malditos; trabajadores asalariados, gente desesperada, lleve a cabo la prosecución infinita de su esfuerzo. Cada uno de los participantes de la gran maratón de baile sabe que es necesario someterse a éste morir. Es la realidad de este chantaje: bailar para ganar el premio, en la sociedad: trabajar para consumir. El film muestra de manera brillante el aprisionamiento de los concursantes en la riqueza ilusoria, ya que es más probable perder, que ganar.

Los concursantes siguen una rutina perfectamente programada, el sol ha dejado de ser una referencia temporal, ahora se guían por una sirena industrial de cambio de turno; la misma que les despierta por la mañana y les acuesta por la noche. Que se escogiera en el film una sirena como indicador de tiempo crea en la película un paisaje sonoro  de gran agresividad, remitiéndonos a una fábrica y al mismo tiempo a una cárcel. Nada tan lejos de la realidad, puesto que los concursantes están generando el producto del espectáculo, y a su vez los beneficios.

Ante el tiempo de la producción económica disfrazado de baile, hay alguien que desea frenar esta rueda. Esta persona es Gloria, protagonizada por Jane Fonda. Cuando todos duermen, decide escaparse de la cama para a pasear por el pabellón de baile, entonces desierto y callado. Este momento es fundamental en la película, ya que Gloria se enfrenta ante el tiempo cíclico de la producción. La mujer deja de descansar para mirar la sala de baile desde otra perspectiva, desde el silencio y la soledad, y  por fin puede escucharse a sí misma: ”puede que todo estuviera amañado en este mundo antes de que llegáramos”. Es entonces cuando la recompensa final se disipa, la posibilidad de ganar se ha esfumado y todo pierde sentido.

Danzad, danzad, malditos es una película que aborda la temática del espectáculo a través del lenguaje espectacular, y mediante los hechos espectaculares: miseria, pobreza, desesperación y muerte; ésta última tendrá además un significante político y se nos presenta el el film en algunos casos como única escapatoria ante el baile o la rueda imparable del capitalismo.

 

Blanca Velasco Navarro.

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