Les Innocentes y la nueva ola de cine místico europeo

 

Polonia, 1945. La II Guerra Mundial está concluyendo, mientras tanto en un lugar cercano a Varsovia un monasterio se cuestiona su propia fe.  El convento ha sido mancillado por las fuerzas soviéticas, lo único puro que conserva es el manto de nieve que lo cubre como un aliado para guardar las apariencias. Siete monjas están a punto de dar a luz y la confrontación entre lo bello que puede resultar traer vida al mundo y el sentimiento de haber pecado no deja de atormentar a las novicias dudando de sí mismas y de Dios.

Les Innocentes es el título de esta historia basada en hechos reales dirigida por la cineasta francesa Anne Fontaine. La cinta es un retrato de la clásica lucha entre fe y razón, donde se coloca a los personajes en situaciones tan extremas que de manera inevitable se tambalean los pilares de su esperanza.

A partir de mediados del siglo XX el cine fue  víctima de un profundo laicismo, sin embargo,  estos últimos años hemos sido testigos de una resurrección del cine místico en el que encontramos referencias estéticas de directores de la tradición europea como Karl Theodore Dreyer, Robert Bresson, Ingmar Bergman o Tarkovsky, quienes supieron filmar la mirada de la fe y los entresijos del alma de manera extraordinaria marcando las pautas de estilo para abordar el género.

Esta nueva ola se ha visto encabezada por películas como Ida (Pawel Pawlikoswski, 2013) y Kreuzweg (Dietrich Brüggemann, 2014). Ambas cintas funcionan como una radiografía de la devoción católica a través de dos adolescentes que se encuentran a punto de entregar su vida a Dios. En el caso de Les Innocents, la cuestión espiritual no se muestra de manera individual sino grupal, a través unas novicias que se plantean una enorme duda de fe, como se la planteó en 1951 el joven sacerdote protagonista de Journal d’un cure de campagne de Bresson.

La  temática religiosa siempre ha brindado la posibilidad al cine de lucirse en el campo de la fotografía otorgando a la película de gran poder visual. Esto se debe a la creatividad que existe entre el diálogo cine-fe y a recursos heredados de la pintura como es el caso del claroscuro que funciona como artificio dramático creando un profundo misticismo. El binomio luz y oscuridad se nos antoja en el cine místico como exégesis de la problemática religiosa, las dos caras de la moneda, los dos extremos que conviven de manera latente en el ser humano. Creer o no creer, o mejor dicho, creer a pesar de todo.

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Este revival de cine místico no nace con afán de evangelizar al espectador, sino que por el contrario, consigue de manera eficaz que nos planteemos las grandes cuestiones de nuestra condición humana a través de la imagen y la palabra. La revitalización de los místicos del cine no deja de evidenciar la hipermodernidad en la que también se ve inmerso el celuloide, el cual no deja de exhumar y de redescubrir el pasado rehabilitando los clásicos una y otra vez hasta la revelación profunda del misterio.

Blanca Velasco Navarro.

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