Encubridora | Johnny Guitar | La muerte tenía un precio

Tal vez tendríamos que dirigirnos a Bette Davis para saber el precio de ser una mujer fuerte en la industria del cine norteamericano, y así, a la vez, podríamos preguntarle cómo Joan Crawford y Marlene Dietrich consiguieron liderar dos westerns, siendo, precisamente, mujeres.

Aún así, debo ser sincera y confesar que Encubridora, traducción/adaptación más o menos ridícula/explícita de Rancho Notorious, que en este paralelo nos favorecerá, ya que desplaza la atención del espacio principal de la película, a la cualidad de su protagonista; es un western que al lado de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954) queda ostensiblemente ensombrecido y superado. Pero Encubridora guarda una curiosidad más, sabíamos del desembarco de Dietrich y Lang en Hollywood, pero ¿Fritz Lang dirigiendo un western en 1952? Aunque sea por el prurito de ver al pionero vienés nadar intentando guardar la ropa, resulta divertido.

Ciertamente, la tajante Joan Crawford encaja perfectamente como la superviviente Vienna, mientras a Dietrich se la trata de amoldar en el papel de ranchera, Altar Keane, pero intentando que conserve sus cualidades de cabaretera que la lanzaron a la fama, incluso su ensayada faz de “femme fatale” que en el oeste se antoja algo “pierrot”. Pero nadie le podrá quitar la gloria de ser la mejor jinete del fiero oeste, que combina tan bien con su áspero y particularísimo acento alemán.

Tanto Vienna como Altar habían pagado un alto precio por conseguir conquistarse, pero aún la protagonista de Encubridora había tenido mayor suerte que su compañera. La acompañaba el hombre que amaba, Frenchy Fairmont (Mel Ferrer), el pistolero más afamado de la región, precisamente, como Johnny Guitar (Sterling Hayden), aunque este quería dejar atrás esa faceta, no era solamente un criminal; desgraciadamente, Frenchy no fue capaz de esa toma de conciencia, y frustró la de Keane.

Puede que la mayor desgracia de Vienna fuera la de la total asunción de su situación, su destino y su expiación, abocada a la pura suciedad de Dancin’ Kid (Scott Brady) y su banda, y al hostigamiento convertido en costumbre del pueblo. Y la soledad y la desconfianza. La tensión continua. Qué tristeza que una mujer fuerte e independiente como Vienna tan solo inspirara temor y debiera ganarse el respeto a base de tiros, y no pudiera desprenderse de la verdad a gritos…

Y Emma, una naturalísima e instintiva Mercedes McCambridge, uno de los que posiblemente sea de los peores papeles femeninos que puedan verse en pantalla, levanta el ensañamiento de la población, pero por la más baja condena y auto-degradación, los celos. Aunque si supiera realmente a quién ama Vienna… No me cansaré de reclamar el protagonismo de Emma y Vienna, a las que el título de Johnny Guitar no les hace justicia, especialmente a la protagonista, sin duda, su personaje desborda en envergadura al del músico. Además, es una pena que el personaje de McCambridge haya sido juzgado tan injustamente, efectivamente por la antipatía que despierta, pero no se la puede reducir simplemente a una mujer “mala”; y no caigamos en reducir su perfidia a veleidades amorosos. Tampoco seamos cursis, ya que Johnny Guitar también puede verse como una magnífica y certera crítica a la infame “Caza de brujas”, una lacra más del McCarthismo.

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Altar vive feliz con el esporádico Frenchy en su rancho, conocido como Chuck-a-luck, la inconstante fortuna les sonríe en su aislamiento, y el 10% de los botines que la exbailarina cobra a sus criminales huéspedes, parece que sirve para mantener boyante la explotación. Puede que Altar Keane ya fuera una mujer abocada a la prostitución, profesión que encubría con la de cantante, antes de conocer a su amor; pero con este, se enzarzó plenamente en el oficio de la complicidad. Sin preguntas, sin necesidad ni voluntad de conocimiento, solo lo acordado. Pero la complicidad tácita tan solo es un miedo que pretende enmudecer el remordimiento, descubrir la procedencia de esas descomunales cantidades de dinero y esas joyas… de ese bello broche que le permite la noche de su cumpleaños volver a ser mujer.

Aunque Johnny Guitar y Encubridora estén capitaneados por actrices, eso no implica que estas sean femeninas, con ello no pretendo entrar en debatir cuestiones de sexos (las personas tenemos “sexo”, no “género”), ni feminismos; tan solo apuntar que las protagonistas, si desean sobrevivir dignamente, deberán adoptar actitudes, oficios e incluso vestimentas que en la época estaban reservados tan solo a los hombres.

Escasas y simbólicas veces las veremos vestidas con un atuendo femenino; no cometeré el error de enjuiciar anacrónicamente estas películas, y más cuestiones tan delicadas que nos afectan a todos, pero tanto Vienna como Altar no pueden permitirse ser mujeres. Y de acuerdo que estos films vinculan tal sexo a la belleza física, la coquetería, la volubilidad y especialmente, a la carencia de una personalidad fuerte y decidida, y a la inferioridad respecto al hombre, a ser un mero juguete de sus impulsos. Pero al fin y al cabo, las dos protagonistas deben negar su identidad, una parte de sí mismas para “masculinizarse”, siguiendo en ello cierto patrón de masculinidad también muy restringido; y gracias a este ardid, caen en uno de los mayores errores de todos los machismos y feminismos: negar los sentimientos por temor a la debilidad. Por esta regla de tres, en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), Hallie (Vera Miles) debería haber escogido a Tom (John Wayne) antes que a Ransom (James Stewart)… Y Vienna debería haber renegado de Johnny…

Mientras Vienna se volverá ebúrnea, la renombrada Altar ostentará en su cumpleaños un esplendoroso vestido sureño, aunque no tanto como el terciopelo de Scarlett O’Hara, además de un lacerante broche para Vern (Arthur Kennedy), como lo será el reloj del Indio (Gian Maria Volonté).

La muerte tenía un precio (Sergio Leone, 1965), segunda parte de la trilogía del Dólar, serie ayudada en español por unas adaptaciones de los títulos tremendamente efectistas, aunque cabe reconocer que mejoraban significativamente los originales y casaban perfectamente con la idiosincrasia leoniana; resulta, en mi impopular opinión, la mejor película de las tres, ya que Leone consigue trascender el maniqueísmo clásico de los personajes del western clásico y del suyo en particular, y todo ello está contenido en el carillón “proustiano” que estremecerá eternamente al Indio, que afortunadamente no fue un personaje desaprovechado como el simple abyecto de Kinch (Lloyd Gough).

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No es de extrañar que el Indio no pudiera olvidar a esa mujer, no la calificaré de “fuerte” porque su decisión es demasiado controvertida y admites miles de matices, sin embargo, consiguió despertar a la persona que aún serpenteaba por el Indio, aunque solo sobreviviera acuciada por el miedo.

Y demos para siempre las gracias a Ennio Morricone.

Anna Montes Espejo.

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